viernes, 10 de abril de 2009

Enferma alternativa

Juro que hice todo bien: juguito de naranjas, deporte asiduo, cereales + carnes + lácteos + frutas + verduras, tranquilidad zen (bue, eso es mentira y tengo testigos, pero la palabra "zen" siempre suma, como también "feng shui"). La cosa es que hasta trate de tomarme las cosas con filosofía, es decir, no sentir -como siempre- que cada vez que estoy a gusto me está por caer una desgracia encima. ¡Hasta fui a un homeópata para erradicar los demonios de mi cuerpo! Y no fue caprichoso, eh, no señor: tomé puntualmente los cuarenta globulitos diarios indicados, a pesar de que es una rotura de bolas andar contándolos uno por uno y todo eso. Pues bien, el resultado de tan prolija labor en pos de lograr una salud de hierro fue... ¿inútil? Yo diría, más bien, que resultó una vergüenza: después de jactarme públicamente en más de un evento de sentirme "espléndida" y enarbolar las virtudes de la vida sana y la medicina alternativa, caí en cama con 40º de fiebre y unas placotas en la garganta muy parecidas a dos bolsas tamaño familiar de pochoclo. ¿Habrá sido que, de verme tan bien, haya habido algún envidioso capaz de hacerme un daño espiritual? De sólo pensarlo ya siento escalofríos... Ah, no; es más bien que la fiebre me hizo chivar como un portuario.
Ok, no había por qué preocuparse. Llamé al homeópata a su casa en medio de la noche, y el muy descarado ni siquiera se acordaba de mi. Le expliqué: "Soy nueva en esto, estoy dele que te dele con los globulitos, pero aunque quiero mejorarme la sensación es que el próximo llamado que haga será a la urgencia parroquial". Cosa rara, después de eso el homeópata me recordó perfectamente. "Ah, es usted... Bueno, no se preocupe, es normal lo que le está pasando... Siempre que se empieza un tratamiento el cuerpo tiende a eliminar sus porquerías". Eso fue lo que predicó y yo volví a recuperar mi fe, aunque antes me dije que no se precisaban diplomas para meterle semejantes conceptos en la cabeza a una tarada. Corté, tomé más y más globulitos, y me prometí velar por mis creencias homeopáticas más que nunca. Pero al día siguiente, en virtud de sentirme un estropajo, llamé a un médico "regular" a domicilio que me mandó a hisopar la garganta y me recetó tomar un volquete de antibióticos. "¡Vade retro!", pensé, y le pedí por favor que me liberara de hacerlo explicándole mi nueva religión medicinal (hasta no hace mucho había sido, por el contrario, fan de Amoxidal 500 y ferviente devota del Ibuprofeno 600). Me contestó: "Y bueno... esperá morirte y ves". Fuerte. En el fondo, el médico regular sabía que había perdido la partida: el hisopado dio negativo de bacterias y la fiebre desapareció, cuando nadie lo esperaba, como cosa´e´mandinga. "¡Tomá!", le hice a los laboratorios intentando salir de la cama, pero un dolor de piernas fulminante me llevó a dormir unas horitas más (exactamente 26) antes de darme el alta.
En medio de la histórica lucha alopatía vs. homeopatía que yo asumí en carne propia, debo confesar que vi todos los programas de la tarde y crucé mi vista con gente ignota. ¿Cualquier tullido puede aparecer en el programa de Rial? ¿Por qué Canosa estaba más pálida que yo, que prácticamente me sentía volar con Lucy en el cielo con diamantes? A lo largo de la estadía sobre el colchón no iba quedando claro si la tele me estaba ayudando a sobrellevar la convalecencia o si me iba a hundir en una profunda depresión. ¿Y esos chanchitos rosados bailando en el noticiero del 13? Ah, no... era la hora en que me empezaba a subir la fiebre. Además, el mundo no estaba colaborando: estoy segura de que mis jefes pensaban que mi enfermedad no era real sino una mera excusa para empalmar faltazos con semana santa; mi familia (ubicada geográficamente a 60 km) había tomado posesión demoníaca de mi teléfono de línea que no dejaba de sonar cada vez que intentaba cerrar los ojos o tomar un trago de agua o meterme una galletita en la boca; y mi novio se ganó un párrafo aparte.
En efecto, ni bien el sujeto se enteró de mi cuadro fatal, me preguntó si necesitaba que viniera a visitarme temprano o si mejor antes pasaba un ratito por el gimnasio. ¿Eso es legal o hay abandono de persona ahí? Le dije que fuera al gym, por supuesto, porque no soy de las que hablan claro expresando sus deseos y necesidades, sino que integro el grupo de las que después extorsionan emocionalmente basándose en aquello que secretamente consideran un error o defecto. Cuando por fin llegó, se tiró en la cama y me preguntó qué quería que hiciera. ¡Hola! ¿Cómo explicárselo? Quería que me diera de comer en la boca, me pusiera compresas frías en la frente, me hiciera mimitos en la cabeza, me comprara regalos (incluido un ramo de 50 rosas aunque la verdad es que detesto las rosas), me cantara canciones de cuna, me dejara quejarme a gusto por mi malestar y me tuviera muchísima lástima. En lugar de eso, traté de portarme bien para no darle trabajo y él sentenció: "Ahora: vos sos más boluda... ¿A quién se le ocurre tomas esos glóbulos que tienen la enfermedad adentro?". Cuando le conté que iba a trascribir estas escenas en el blog me increpó: "¡No fue así! Todos van a creer que soy un monstruo. Pero vas a ver, voy a abrir mi propio blog con la versión real de los hechos". ¡Ajá! Eso es cola de paja. Igual, un pedido: no entren jamás en su blog.
La cuestión es que le puse el cuerpo a la adversidad y que además de creer, casi llego a reventar también. Pero eso sí: no dudé ni un instante a la hora de ser un conejillo de indias dispuesto a todo para evitar los fármacos y darle continuidad a la enfermedad alternativa. Aunque todavía sigo un poco estúpida y a pesar de que camino como el jorobado de Notre Dame, al menos mis creencias naturistas se mantienen intactas, como aquellos primeros días en los que me preguntaba si los globulitos no serían en realidad pastillas tic-tac. Pero quédense tranquilos, que ya me ingresé el número 911 en la primer memoria de mi inalámbrico, por cualquier cosita. Con la otra me aferro a una estampita, a una tableta de antibióticos sin tomar, al control remoto y a la mano de mi queridísimo novio, única manera de garantizarme el alimento por estos días.
Mi foto
Emigré de La Plata a Buenos Aires para buscar un destino y un recibo de sueldo. Fui productora de Jorge Lanata y de Adrián Paenza, hasta que la crisis de 2001 me llevó al móvil del programa de Mauro Viale. Pensé en suicidarme. Al poco tiempo resucité de entre los muertos y ascendí a los cielos de Rock & Pop como movilera del Chavo Fucks y Marcelo Zlotogwiazda. Fui productora de Endemol para Cámara Testigo y cronista de Jorge Guinzburg en Mañanas informales, pero nunca fui buena para el periodismo. De hecho, conduje un programa en Rock & Pop y creí que iba genial, hasta que me echaron. Después escribí en la revista Para Ti, en donde incluso posé con una cabeza de oso de peluche para una foto. No sé si merezco ir al cielo, pero sí que mientras espero debería inyectarme alguna cosa. Parí un hijo y escribí un libro que nunca se publicó. Y planté el árbol sin querer, escupiendo carozos de duraznos contra un cantero, durante una tarde lluviosa. Hoy el duraznero mide cuatro metros y sus raíces amenazan una medianera. Si muero aplastada por un meteorito, mi vida se habrá visto realizada.

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